En el colegio, cuando yo tenía pocos años y estaba en Valencia, no penséis que estaba en Burgos, me hicieron aprender de memoria unos versos a la bandera española que aún recuerdo vivamente:
Salve a ti, pabellón de Castilla, pincelada de sangre y de sol. Quien no doble ante ti la rodilla, no merece llamarse español.
Con qué feliz inocencia los recitábamos, y con qué segura tranquilidad venia impreso en los libros! Era normal. Era natural. Es normal y natural todavía, y lo ha sido siempre. Para la doctrina oficial, firme y perenne, el aparente dilema: o te arrodillas delante del símbolo de Castilla, o no te corresponde ser español no es tal dilema. No hay disyuntiva real, porque España es propiedad histórica e intelectual de Castilla. De Castilla en sentido estricto, y más aún de Castilla en sentido amplio. Pero, curiosamente, en estos últimos años parece que no está de moda hablar de Castilla ni de los castellanos. Como si se quisiera olvidar la santa doctrina, aunque no sus efectos y aplicaciones. Porque la doctrina es diáfana: a) En cuanto a la formación de la identidad nacional: "España es una cosa hecha por Castilla"; axioma en efecto, del todo coherente con la historia: El Estado Español se formó en el siglo XVIII como una pura expansión del Estado Castellano. Una "unión", no ha existido. b) En cuanto al carácter o personalidad cultural de tal nación: "Ser español es estar acastellanado." Ortega y Laín, con estas famosas, redondas, perfectas, definiciones, expresan en realidad una vieja y extensa tradición.
No se trata de una manía del pensamiento fascista, de la derecha regular ni del franquismo. Se trata, vuelvo a insistir, de una tradición vieja y extensa. Consolidada por los siglos. Enraizada profundamente en el "macizo de la raza", que es otra definición clásica de Castilla. La cosa ya viene desde la Edad Media, cuando los reyes de Castilla-León se consideraban continuadores de la legitimidad visigoda, y únicos con derecho de llamarse reyes de España (nunca se le podría ocurrir tal cosa a un rey catalán o portugués: se consideraban como un rey de España, no como el Rey de España!). Y viene desde el siglo XVI cuando Nebrija afirmaba que, así como los portugueses son lusitani y los navarros vascones, a los castellanos les corresponde propiamente el nombre de hispani (lo cita J. Beneyto en España. Meseta y litoral, un libro de una muy buena aprovechable lectura.) Pocos años más tarde, el valenciano Gaspar Escolano observa ya que el "vulgo castellano" cae generalmente en tal práctica "llamando a sola Castilla España y sólo los castellanos españoles". Como podéis ver, esto ya viene de lejos. La tradición es antigua y sólida, la pretensión permanente, el éxito notable. Y no seré yo quien se lo discutirá, el éxito. En cuanto a la pretensión, ni quiero entrar en detalles ni cargar de textos. Simplemente constatar el hecho de la identificación constante. Que es ya un hecho, no una ideología. España es el resultado de una expansión/subordinación, no el resultado de ninguna suma.
Nunca ha habido un pacto entre naciones iguales, ni veo que lo pueda haber en un futuro. Porque la igualdad entre las partes componentes no puede ser reconocida, mientras uno de los ámbitos de identidad, una de las naciones, sea a la vez una parte y el todo. Es muy simple: España-Castilla (la España acastellanada) no se reconoce a si misma como una nación diferente e igual a la nación vasca o catalana: se reconoce solo como una nación española coincidente con el Estado. Es la nación sin nombre propio de parte, con el mismo nombre de la "suma". ¿Qué síntesis, pluralidad o acuerdo puede haber cuando una de las partes define el todo, y se define como un todo?
O sea, que la única España que hay es esta "cosa hecha por Castilla". No hay otra. Que los valencianos (o los catalanes en general, o los vascos...) nos encontremos bien o mal dentro de esta cosa, que la consideremos propia o extraña, que nos acomodemos de la mejor manera posible, o que pensemos en escaparnos si podemos..., todo esto ya es otra cuestión. Pero España es esta "cosa hecha por Castilla", y no otra cosa. España ya está inventada. No se puede volver a inventar. Y aquel que se siente identificado, ha de saber con qué cosa se identifica. O bien seguir caminando hacia la visión de una España síntesis, una España plural, una España de los pueblos, una nación de naciones y otras visiones en el desierto.
La disyuntiva no está entre ser español a la manera castellana o ser español "de otra manera". El dilema está entre ser español de la única manera definida y real "estar acastellanado" o aceptar modestamente que un ser "no merece llamarse" tal cosa. Y adoptar, con digna modestia, las actitudes mentales y cívicas que de tal reconocimiento se derivan. Esta es la cuestión, y no seguir buscando equilibrios imposibles. La lengua española, por cierto, es muy expresiva para las disyuntivas hamletianas: que cada palo aguante su vela.
En cuanto un país dispone de una organización escolar, de imprenta y de otros medios de difusión visual, el gobierno correspondiente se lanza a imprimir mapas en el cerebro de los menores y adultos. El mapa, la figura y el contorno de las fronteras, es un elemento insustituible, precioso, en la "educación nacional": la figura de la nación es la forma de su propia sustancia, el perfil sagrado, eventualmente ampliable, nunca reducible. Para el individuo adoctrinado que con los medios actuales son potencialmente todos los individuos, la nación no es en primer lugar una sociedad, una colectividad de personas: la nación es antes que otra cosa una superficie con una forma. Una figura. Para la cual ningún recorte es imaginable, ninguna reducción de superficie, porque no es aceptable una disminución de la propia sustancia nacional. Más de un español de doctrina se quedaría muy descansado si desaparecieran los vascos de la circulación (pueden imaginarse perfectamente una España sin vascos), pero saltaría como un rayo a la menor insinuación de separación territorial, de "perdida" del territorio vasco: no pueden imaginarse una España con cinco o diez mil kilómetros menos.
El miedo de los españoles de doctrina a la reducción del mapa no viene solamente de haber estado educados en la grandeza. Este miedo, más que miedo simple es terror a encontrarse disminuidos en el propio "ser" nacional: el español se identifica, hace coincidir la propia identidad nacional, con todo el mapa de España. Por lo tanto, si una parte de este mapa se desprende, si el mapa es reducido y cambia de forma, ¿qué sería España? Sería, en primer lugar, menor; y ser español sería menos ser (ahora, evidentemente, ser español es ser más y más ser que catalán o vasco, y es un argumento de fondo muy usual contra los nacionalismos "periféricos"); sería una identidad restringida, sería "perder" una parte del propio ser, etc. La amputación intolerable, metáfora orgánica o corporal, aparece muy a menudo en este contexto.
Pero es que la reducción del mapa no sería, para el español, únicamente una cuestión de volumen, de "cantidad nacional", de identidad empequeñecida. Es, más aún, una cuestión de identidad incierta, quizá inexistente, todavía no imaginada. Veamos: un vasco o un catalán, por poco adoctrinado que esté, tiene clara en su cabeza la imagen, el mapa, de Catalunya o de Euskadi... sin España, está claro. Hasta se puede tener presente el mapa de Euskadi completo, con Navarra, Lapurdi y Sola; o el mapa dels Països Catalans, que hace un tiempo circulaban unos cuantos. Pero ningún español tiene en la cabeza, ni piensa tener ni quisiera tener nunca, el mapa de España sin Euskadi ni Catalunya..., ¡y menos aún sin Navarra, el País Valencià y Galícia!
Y, así mismo, los que hablan de la España multinacional, de la nación de naciones, etc., deberían de tener claro al menos y en primer lugar cual es aquella nación ¿la nación española, o una nación española? que no es vasca ni catalana (...ni gallega ni valenciana, si queremos ser más rigorosos). Porque, el mapa de la España Grande, y lo conocemos todos y nos incluye a todos de buen grado o por fuerza. El problema, el gran problema nacional de la Península, es el de la España Pequeña: mientras los españoles no se entiendan a si mismos, no se puedan auto identificar, etc., sin Euskadi ni Catalunya (ni el País Valencià ni Galícia), aquí no hay Estado plurinacional posible; ya que una de las naciones, la más grande, es incapaz de reconocerse a si misma. Mientras tengan la necesidad de incluir a los demás para poder imaginar la identidad propia, el problema no tiene solución. Mientras la España Pequeña, para poder ser alguna cosa, tenga necesidad de ser Grande...
Pensad un poco: ¿por qué los políticos y los intelectuales españoles nos acusan a los otros de querer "levantar barreras", de pretender "aislarnos", "encerrarnos" en nuestro ámbito menor, y otros pecados semejantes? Porque la frontera del Estado marca para ellos el ámbito de identidad suprema, porque consideran nuestro territorio parte de su territorio, nuestra identidad parte de su identidad, porque no pueden entender que podamos ser otra cosa no incluida ni subordinada, por cosas así. A los portugueses, no les hacen estas acusaciones: tienen derecho a ser solo portugueses. Están en el otro lado de la ralla. Los miran como un otro todo, no como una parte. Y yo solo quisiera que me mirasen como si fuera portugués. Entrañable hermano ibérico, no hace falta decirlo. Abiertamente dispuesto a todos los intercambios y cooperaciones. Pero portugués.
Joan F. Mira
Crítica de la Nació Pura (traducción del catalán al castellano)